Escribo estos versos de locura al escuchar tu voz,
Y al pensar tu voz.
No son los mejores, y jamás se compararan con los de los maestros,
Pero te escribo, y a la misma vez no lo hago.
Escribo como si te los fuera a dar,
Pero la realidad es que no nunca te los entregaré.
Nunca es una palabra difícil, mejor dejémoslo en que no te los entregaré.
Mira, el parque es nublado, y no se puede ver ese lugar donde nos sentábamos a tomar fotografías.
Hablando de eso, ¿todavía seguís con la manía de tomar fotos y no hablar?
Para ti era fácil, solo llegabas, me tomabas una foto, me sonreías, y te ibas.
En cambio para mí, era todo lo contrarío, te veía venir, acercándote con tu “arma”, me tomabas unas cuantas fotos, me sonreías, esa sonrisa que me vuelve loca, y cuando te ibas, te llevabas una parte de mi tranquilidad, y ahí quedaba yo, soñando contigo, imaginando conversaciones que nunca tuvimos.
¿Será que nos veremos el otro año?
No lo sé, yo solo deseo que así sea.
Hay tantas cosas que quiero contarte, y que nunca pude hacerlo.
Nunca, nunca, esa palabra que no puedo sacar de mi vocabulario.
Y siempre viene a mí, cuando hablo de ti.
Han pasado muchas cosas desde que no nos vemos, esa tarde soleada de setiembre.
Y por mi maldito miedo al rechazó, no te llegue a conocer, no llegué a tener conversaciones como estas contigo.
Escribo estos versos pensando en ti,
Pero estos versos más bien se están convirtiendo en una carta, que deseo enseñarte,
Y sé que por el momento no tengo el valor de enseñártela,
Todo por el maldito miedo al rechazo.
Te veré luego, por la Avenida, tomando fotos, y sonriendo.